Este blog es un espacio de archivo vivo. Aquí se cruzan imágenes, viajes, procesos creativos y fragmentos de pensamiento que han acompañado mi camino como artista. No busca ordenar una biografía ni construir un relato cerrado, sino dejar huellas: escenas, obras, preguntas y territorios que han ido modelando mi manera de mirar y de trabajar.
Escribo para detener el tiempo, para volver sobre ciertos momentos y comprender cómo el arte se entrelaza con la vida cotidiana, con la memoria personal y con los paisajes que habitamos. Cada entrada funciona como un gesto de observación, una pausa necesaria donde el proceso importa tanto como el resultado.
Este espacio también está pensado como un lugar de encuentro. Me interesa que el blog no sea solo una vitrina, sino un diálogo abierto con quienes leen, crean, investigan o simplemente sienten curiosidad por el arte y el territorio.
Si algo de lo que lees resuena contigo, si una imagen o un texto despierta una pregunta o una intuición, te invito a escribirme. Las conversaciones que nacen desde la sensibilidad y el cruce de miradas suelen ser el inicio de nuevas ideas, colaboraciones y proyectos.
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Ayer, en el Museo de Antofagasta, escuchar a Cuauhtémoc Medina fue una oportunidad para volver a pensar el lugar desde donde hacemos arte. Entre sus reflexiones, una frase quedó dando vueltas en mi cabeza: «Odiar el nacionalismo y cosmopolitismo en exactamente la misma medida». Una provocación que nos obliga a cuestionar tanto la necesidad de pertenecer como esa pretensión de ser ciudadanos de todas partes, sin pertenecer realmente a ninguna.
Pensaba en Antofagasta, en sus contradicciones, en las fronteras visibles e invisibles que atraviesan nuestra historia. En cómo hemos construido una identidad territorial que muchas veces celebra el paisaje, pero olvida a quienes lo habitan. También pensaba en mi propia práctica artística, en esa insistencia por trabajar con la memoria, con las comunidades y con aquello que permanece fuera de los grandes relatos.
Quizás lo más interesante de una charla como esta no sea encontrar respuestas, sino salir con nuevas preguntas. ¿Desde dónde hablamos cuando hablamos de territorio? ¿A quién pertenece su memoria? ¿Cuánto de nuestra identidad hemos construido nosotros y cuánto nos ha sido impuesto?
Me fui pensando que el arte no tiene la obligación de representar una identidad ni de defender una pertenencia. Tal vez su responsabilidad sea más incómoda: ponerlas en duda. Porque un territorio no es solamente aquello que habitamos, sino también aquello que somos capaces de cuestionar.

Nací en Antofagasta, en una ciudad donde la inmigración aún no tenía la presencia que conocemos hoy. Crecí mirando estos cerros como el límite natural de nuestro territorio, montañas silenciosas que parecían permanecer ajenas al crecimiento de la ciudad. Hoy los observo y me cuesta reconocerlos.
Las casas han comenzado a trepar por las laderas, una sobre otra, hasta confundirse con la tierra. Me impresiona la altura que han alcanzado las tomas, pero más me inquieta lo que este paisaje nos dice de nosotros mismos. Porque detrás de cada construcción hay una historia, una familia, una necesidad y, probablemente, una esperanza que no encontró otro lugar donde instalarse.
Antofagasta siempre ha sido una ciudad de llegadas y partidas, construida por personas que vinieron buscando mejores oportunidades. Pero algo resulta profundamente contradictorio: vivimos sobre un territorio que produce enormes riquezas y, al mismo tiempo, somos incapaces de garantizar condiciones dignas para quienes lo habitan.
Pienso también en la montaña. En cómo la hemos ido ocupando sin preguntarnos demasiado por sus límites, sus riesgos o su memoria. La ciudad avanza hacia arriba, pero no necesariamente avanza en humanidad. Y sería demasiado simple atribuir esta transformación únicamente a la inmigración, cuando también habla de nuestras desigualdades históricas, de la falta de planificación y de una ciudad que creció sin aprender a recibir.
Miro esta fotografía y siento que el paisaje está intentando decirnos algo. No son solamente las tomas las que han llegado demasiado lejos; quizás es nuestra indiferencia la que ha llegado demasiado lejos.
Porque una ciudad no debería medirse por cuánto territorio consigue ocupar, sino por la dignidad con que permite vivir a quienes la construyen.

Hay caminos que parecen no llevar a ninguna parte, pero que nos devuelven a lo esencial. En medio del desierto de Atacama, donde la tierra se extiende hasta confundirse con el cielo, encuentro una belleza que nunca deja de conmoverme. Me gusta pensar que este paisaje, aparentemente vacío, está lleno de historias, silencios y memorias. Aquí el tiempo parece detenerse y una comprende que no todo necesita florecer para estar profundamente vivo.

Octubre 2026
Hay momentos en que Antofagasta parece desprenderse de su propia geografía. La ciudad, tan acostumbrada al polvo, al cemento y a esa manera nuestra de habitar entre el desierto y el mar, queda por un instante suspendida bajo un cielo que parece incendiarse. Siempre me ha conmovido esa contradicción: la belleza inmensa de aquello que no hemos construido y la fragilidad de lo que levantamos para permanecer. Abajo están las calles, las casas, los edificios, esa ciudad que a veces me cuesta comprender y otras tantas me emociona profundamente. Arriba, el cielo se desborda, como si quisiera recordarnos que todavía existe algo que escapa a nuestra intervención. Me gusta detenerme frente a estos paisajes, quizás porque en ellos encuentro algo de mi propia relación con este territorio, una mezcla de pertenencia, contradicción y asombro. Pienso que mirar también es una forma de cuidar, de reconocer lo que tenemos y de volver a encontrarnos con aquello que la costumbre nos hace olvidar. Y entonces Antofagasta, por un instante, deja de ser solamente la ciudad que habitamos para convertirse en ese lugar que, a pesar de todo, seguimos queriendo.

Hay algo profundamente inquietante en la manera en que hemos aprendido a entretenernos. Antofagasta, una ciudad que entrega sus entrañas al mundo, parece haber reducido buena parte de sus encuentros cotidianos a una mesa, una bandeja y una vitrina. Aquí estamos, reunidos bajo luces artificiales, buscando quizás algo más que comida: un lugar donde permanecer, donde sentirnos parte de algo. Me pregunto en qué momento dejamos de imaginar otras formas de habitar nuestra ciudad, cuándo el paseo se convirtió en consumo y el encuentro en una transacción. Afuera permanece el desierto, inmenso, silencioso, y un mar que pareciera recordarnos que la vida también ocurre lejos de las vitrinas. No cuestiono a quienes ocupan estos espacios; al contrario, me conmueve esa necesidad profundamente humana de encontrarnos. Lo que me inquieta es la pobreza de alternativas en una ciudad inmensamente rica. Quizás esta fotografía no habla de un patio de comidas, sino de una ciudad que todavía no termina de preguntarse qué significa vivir en ella, más allá de trabajar, producir y consumir.

Hay algo curioso en encontrarse en Antofagasta con una obra construida precisamente para escuchar. UTOOTO, del artista japonés Yuri Suzuki, aparece con sus grandes tubos de colores invitándonos a acercar la boca, decir algo y esperar que nuestra voz viaje hasta encontrar a alguien al otro lado. Me quedé un buen rato observándola y también mirando lo que ocurría alrededor. Había dos jovencitas haciendo de mediadoras, muy amables, tratando de explicar la instalación a quienes nos acercábamos, hasta que en algún momento se les olvidó incluso el nombre del artista. La escena, en vez de molestarme, me produjo una especie de ternura. Pensé que probablemente ellas también habían llegado hasta ahí con unas pocas instrucciones, intentando sostener el relato de una obra que había viajado miles de kilómetros antes de encontrarse con esta ciudad.
Y entonces empecé a pensar en quién toma estas decisiones, quién decide qué arte llega a Antofagasta, quién imagina ese encuentro y cuánto sabemos realmente de aquello que ponemos frente a las personas. Porque traer una obra no significa necesariamente hacerla llegar. Se puede transportar, montar, iluminar y rodear de información, pero llegar a un territorio es otra cosa. Llegar supone comprender dónde se está, escuchar lo que ya existe allí y permitir que algo de ese encuentro se transforme.
Quizás por eso esta obra me resultó tan extrañamente precisa para Antofagasta. Una enorme máquina para escucharnos instalada en una ciudad donde, a veces, pareciera que nadie escucha. Aquí hablamos constantemente de territorio, patrimonio, identidad, comunidad, cultura y desarrollo, mientras la tierra se perfora, el paisaje cambia y tantas pequeñas historias desaparecen sin hacer demasiado ruido. Hay barrios que llevan décadas hablando, artistas trabajando desde este lugar, personas mayores guardando memorias que no están escritas en ninguna parte, comunidades enteras intentando decir algo. Y uno inevitablemente se pregunta si existe alguien al otro lado.
Volví a mirar los tubos de Suzuki y pensé que quizás ahí estaba todo. Una voz entra por un extremo sin saber exactamente dónde aparecerá. Para que el gesto tenga sentido necesita de otra persona. Necesita un oído.
Tal vez quien decidió traer esta instalación hasta Antofagasta imaginó sus colores, su escala, el juego y la experiencia de escuchar una voz viajar por sus conductos. Yo terminé viendo otra cosa. Vi una enorme pregunta instalada accidentalmente en medio de la ciudad.
Porque quizás Antofagasta no necesita hablar más fuerte.
Quizás necesita, alguna vez, que alguien ponga el oído.

Hay encuentros que ocurren sin haberlos planificado. Durante mi estadía en Besançon llegué hasta el FRAC Franche-Comté y allí me encontré con Nina Laisné y su exposición Un monde renversé Un mundo invertido. No conocía todavía la profundidad de su trabajo, pero algo en esas imágenes me obligó a quedarme.
Laisné trabaja entre la fotografía, el video, el cine, la música y la instalación, desplazándose hacia aquellas historias que muchas veces permanecen fuera del relato oficial. Habla de memoria, de identidades, de migraciones y de cuerpos que han debido encontrar otras maneras de permanecer. Quizás por eso sentí cierta cercanía con su obra. Desde lugares y lenguajes distintos, reconocí preguntas que también atraviesan mi propia práctica: ¿quién construye la memoria?, ¿qué decidimos recordar?, ¿qué ocurre con aquellos que quedan fuera de la historia?
Mientras recorría la exposición pensé nuevamente en el territorio. En Antofagasta trabajo recogiendo fragmentos, rostros, relatos y memorias que luego intento reconstruir desde el mosaico. Nina lo hace desde otros materiales y otras genealogías, pero existe algo común en ese gesto de volver la mirada hacia aquello que parecía haber quedado atrás.
Viajar también significa permitir que otras obras modifiquen la propia. Una sale de Chile creyendo que va a mostrar, aprender o enseñar algo y termina descubriendo que también viaja para ser interrogada. Francia me produjo muchas de esas preguntas.
Hoy regreso a esta fotografía y comprendo que no registré solamente una obra. Registré un instante en que dos territorios completamente distantes se tocaron por algunos segundos: Besançon y Antofagasta, la memoria de otros y la mía, la obra de Nina y las preguntas que continúan acompañando mi propio trabajo.
Quizás de eso se trate finalmente el arte: de dejar pequeñas fisuras en nuestra manera de mirar para que, después de haber visto algo, ya no podamos regresar exactamente al mismo lugar.

Era mi segundo día en Besançon, Francia, y todavía caminaba con esa sensación extraña de haber llegado sin haber llegado del todo. Recuerdo esta fotografía porque entonces todo me parecía nuevo: las fachadas, la piedra, las calles, esa manera distinta de habitar el tiempo. Yo venía de Antofagasta, de un territorio donde el desierto abre el horizonte y obliga a mirar lejos, y de pronto estaba aquí, entre edificios antiguos que parecían guardar la memoria hacia adentro. Quizás por eso tomé la fotografía: para intentar retener algo que todavía no comprendía. Hoy la miro y pienso que viajar también es aceptar por unos días la condición de extranjera, caminar sin conocer los nombres, observar más de lo que se habla y permitir que un territorio lentamente comience a revelarse. En ese segundo día yo aún no sabía todo lo que Francia iba a dejar en mí, las personas que conocería, las conversaciones, los mosaicos, los encuentros. Solo estaba allí, mirando. Y ahora comprendo que muchas veces la memoria comienza exactamente así: con una imagen aparentemente sencilla que, meses o años después, nos devuelve no solamente un lugar, sino a la persona que éramos cuando llegamos a él.

Entrar al Louvre fue entrar en una historia demasiado grande. Caminaba entre siglos de obras, nombres que aprendimos a reconocer como si fueran la historia completa del arte, y pensaba inevitablemente en todo aquello que no estaba allí. Pensaba en Antofagasta, en el desierto, en las poblaciones, en las manos con las que he trabajado y en esos pequeños fragmentos de cerámica que, cuando se juntan, también cuentan una historia. Me preguntaba quién decide qué merece atravesar los siglos y qué queda condenado a desaparecer. Quizás por eso esta fotografía me conmueve ahora más que aquel día. Yo estaba allí, tan lejos de casa, mirando una de las grandes instituciones del arte occidental, pero seguía mirando desde el norte de Chile. Uno cree que viaja para conocer otros lugares y termina descubriendo desde dónde viene. El Louvre estaba frente a mí, inmenso, pero dentro de mí seguía estando el desierto.

No quería acostarme sin escribir sobre esta imagen. La tomé hoy, cerca de las once y media de la mañana, y desde entonces algo en ella me inquieta. No sé qué es ese lugar, no sé quién es esa muchacha ni qué mira con tanta concentración en su pantalla. El sitio me pareció oscuro, extraño, y por un instante pensé en esos lugares donde el cuerpo femenino también forma parte de aquello que se mira o se consume, aunque sería injusto afirmar algo que desconozco. Quizás fue esa sensación la que me devolvió a mi primer viaje a Cuba, cuando en una calle de La Habana vi a una niña, tendría unos trece años, en una situación que entendí como prostitución. Esa imagen me dejó profundamente afectada y nunca terminó de irse. Hoy volvió, no porque estas dos muchachas tengan algo en común, sino porque la memoria tiene esa manera brutal de unir tiempos que no se conocen. Y entonces pensé también en mí, a mis 43 años, angustiada porque siento que nunca alcanzaré a leer todos los libros que quisiera. Vivimos inclinados sobre pantallas donde cabe el mundo entero y, sin embargo, a veces temo que estemos perdiendo la capacidad de permanecer en silencio frente a una página. Quizás por eso sigo defendiendo los libros: porque leer exige detenerse, quedarse, demorarse. Miro nuevamente esta fotografía y comprendo que sé muy poco de esa joven; tal vez la imagen habla mucho más de mí, de mis recuerdos, mis prejuicios, mis temores y de esta necesidad cada vez más urgente de creer que todavía existen pequeños espacios de libertad donde alguien pueda detener el mundo, abrir un libro y desaparecer por un rato.

Esta fotografía fue tomada en el Museo Taller de Francisco Dittborn Baeza. La encontré después de un tiempo y, al mirarla nuevamente, no recordé primero la máquina, ni las paredes, ni siquiera esa luz que entraba con tanta fuerza por la ventana. Recordé a Francisco.
Un tremendo ser humano.
Ese día almorzamos juntos. Conocí también a su hermano y nos reímos muchísimo. Fue uno de esos encuentros que parecen pequeños cuando están ocurriendo, pero que después, cuando el tiempo pasa, adquieren otro espesor. Uno vuelve a ellos y comprende que había algo más sucediendo.
En la fotografía estoy parada junto a una máquina antigua, rodeada de objetos que han sobrevivido a quienes alguna vez los utilizaron. Hay madera gastada, fierros, papeles, mecanismos detenidos. Todo parece pertenecer al pasado y, sin embargo, está vivo. Quizás porque los objetos también guardan algo de las conversaciones y de las manos que han pasado sobre ellos.
Y pienso en Francisco como una de las personas más adineradas que he conocido.
Digo adinerada deliberadamente, aunque no hablo de dinero.
Hay personas cuya riqueza consiste en haber tenido la fortuna de encontrarse con otros seres humanos y permitir que esas vidas se entrelacen con la propia. Personas que no necesitan clasificar a quien tienen enfrente, que no preguntan primero de dónde vienes, cuánto tienes, qué apellido llevas o qué lugar ocupas. Simplemente te reciben.
Esa riqueza me interesa.
Porque vivimos en un mundo demasiado acostumbrado a ordenar a las personas: importantes y desconocidas, exitosas y fracasadas, las que pertenecen y las que quedan afuera. Pero hay encuentros en los que esas categorías desaparecen. Uno se sienta alrededor de una mesa, come, conversa, se ríe y, por unas horas, nadie necesita demostrar nada.
Tal vez por eso recuerdo tanto aquel almuerzo.
Ahora miro la luz atravesando esta fotografía y pienso que algo semejante ocurre con la memoria. Ilumina solamente algunos fragmentos. Lo demás permanece en sombra. Pero basta un pequeño pedazo iluminado para que vuelva una conversación, una carcajada, un rostro, una mesa compartida.
He recorrido muchos territorios buscando historias para mis mosaicos y, con los años, he comprendido que el verdadero patrimonio rara vez está únicamente en los edificios o en los objetos que conservamos. Está también en las personas capaces de abrir un espacio para que otro exista.
Quizás esa sea una de las mayores fortunas que podemos reunir durante una vida: personas que se entrelazan con nosotros sin clasificarnos entre sí.
Francisco me hizo pensar en eso.
Y esta fotografía, tantos años después, me lo volvió a recordar.

Hacía apenas unas horas que había aterrizado en Madrid. Todavía llevaba el viaje encima, esa extraña sensación de haber dejado un territorio mientras el cuerpo aún no termina de comprender que ya está en otro.
Esa tarde me invitaron a una exposición en La Casa Encendida, y en el camino apareció este atardecer.
Lo recuerdo porque Madrid parecía encendida antes de que yo llegara a ninguna parte. El cielo tenía esa luz de los finales que, curiosamente, también parecen comienzos. Me detuve a mirar y tomé esta fotografía casi por instinto, como quien necesita guardar una prueba de que estuvo ahí.
Había llegado hacía pocas horas y todo era todavía desconocido: las calles, el ritmo, las voces, la temperatura del aire. Sin embargo, frente a ese cielo ocurrió algo sencillo: por un instante no fui alguien que acababa de llegar desde muy lejos. Fui solamente una mujer mirando cómo caía la tarde sobre una ciudad nueva.
Después seguí caminando hacia La Casa Encendida.
Hoy miro esta fotografía y pienso que los viajes comienzan mucho antes de entenderlos. A veces comienzan exactamente así: con una invitación inesperada, una ciudad que todavía no conocemos y un atardecer que nos recibe sin saber nuestro nombre.

Tomé esta fotografía una mañana en Antofagasta, mientras iba camino a GEN, a una residencia de mosaico. La tomé casi sin pensarlo, desde el movimiento, como quien guarda una imagen porque algo de ella le resulta demasiado conocido.
Esta también es Antofagasta.
No la de las postales, ni la del borde costero ordenado para la fotografía. Es la ciudad que sube por los cerros, la que se sostiene entre cables, muros, quebradas y casas que parecen afirmarse unas sobre otras. Es el territorio donde muchas veces la basura se acumula, donde el alcohol y la droga aparecen demasiado temprano en la vida de algunas personas, donde existen esquinas que durante la noche cambian de rostro y donde una aprende, desde pequeña, qué lugares atravesar, cuáles evitar y cuándo mirar hacia otro lado.
Yo vengo de territorios así.
Y decirlo no significa avergonzarme de ellos. Tampoco significa embellecer lo que allí sucede. Hay abandono. Hay basura. Hay borrachos caminando por las calles, familias atravesadas por la droga, niños creciendo alrededor de situaciones que jamás deberían normalizarse. Hay violencia y desigualdad. Hay vidas que parecen quedar fuera del paisaje oficial de la ciudad.
Pero también hay otra cosa.
Hay personas.
Detrás de cada una de esas casas hay alguien levantándose temprano, una madre preparando a sus hijos para el colegio, un vecino barriendo la vereda, una mujer cuidando a otra, un niño jugando, alguien intentando comenzar nuevamente. En los mismos lugares donde una puede reconocer el abandono también existen afectos, memoria, organización y una enorme capacidad de sostener la vida.
Por eso esta fotografía me hace pensar en el territorio no solamente como un lugar geográfico, sino como algo que se mete en el cuerpo.
Uno aprende el territorio caminándolo. Aprende sus olores, sus ruidos, sus peligros y también sus pequeñas ternuras. Humberto Maturana decía que nuestra existencia ocurre en la convivencia, y quizás por eso no podemos mirar estos lugares como si quienes los habitan fueran ajenos a nosotros. Cuando dejamos de reconocer al otro como un legítimo otro, la pobreza se transforma en paisaje, la basura deja de incomodarnos y una persona destruida por el alcohol o la droga termina siendo apenas “el borracho” o “el drogadicto” de la esquina. Dejamos de preguntarnos qué historia hubo antes.
Mientras iba camino a una residencia de mosaico pensé, quizás sin saberlo todavía, que mi trabajo nace precisamente de esta contradicción.
Voy hacia el arte atravesando estos territorios.
No llego al mosaico desde un espacio limpio, neutro o separado de la vida. Llego cargando estas imágenes. Las casas en el cerro. Los cables atravesando el cielo. La basura en las esquinas. Las personas que permanecen. Las historias que casi nunca entran en los museos.
Tal vez por eso trabajo con fragmentos.
Porque un fragmento, por pequeño que sea, conserva memoria. Una pieza quebrada puede encontrarse con otra y construir una imagen nueva sin esconder que alguna vez estuvo separada. Para mí, el mosaico tiene algo profundamente parecido a estos territorios: no borra las fracturas. Trabaja con ellas.
Esta fotografía fue tomada mientras iba hacia GEN, pero hoy siento que también registra el lugar desde donde parto.
Porque antes de cualquier residencia, exposición o viaje, existe este paisaje.
De aquí vengo.
Y quizás por eso sigo haciendo mosaico: porque todavía creo que mirar un territorio con atención también es una manera de decirle a quienes viven en él: ustedes existen, sus historias importan y también forman parte de la memoria de esta ciudad.

El Centro Cultural Nelson Mandela está en la periferia de Besançon, lejos de esa Francia que una imagina antes de conocerla, la de los monumentos, las postales y los centros históricos. Allí la ciudad cambia y aparecen otros rostros, otras procedencias, familias migrantes, niños y adolescentes que conviven en un territorio donde las diferencias culturales forman parte de la vida cotidiana. Tal vez por eso el nombre de Mandela tiene tanto sentido en ese lugar: no solamente como homenaje, sino como una manera de recordar que la dignidad y la convivencia se construyen precisamente en el encuentro con otros.
Ese día llegué con mis materiales para realizar un taller de mosaico. Entre quienes participaron había una adolescente cuyo nombre prefiero guardar. Estaba muy tímida e insegura. Hablaba poco, observaba mucho y parecía querer participar sin llamar demasiado la atención. Algo en ella hizo que me quedara cerca. No para preguntarle qué le pasaba ni para obligarla a integrarse, sino simplemente para acompañarla. Comenzamos a trabajar y poco a poco los fragmentos hicieron lo suyo. Primero eligió una pieza, después otra, comenzó a preguntar, a probar colores, a decidir dónde poner cada cosa. En algún momento levanté la mirada y vi que estaba sonriendo. Ya no era la misma expresión con la que había llegado. Estaba contenta, conversaba y parecía sentirse parte de ese lugar.
Aquello me conmovió profundamente porque pensé que quizás ahí estaba ocurriendo algo mucho más importante que aprender una técnica. Humberto Maturana hablaba del reconocimiento del otro como un legítimo otro en la convivencia, y ese día esa idea dejó de parecerme una frase y tomó cuerpo frente a mí. A veces no necesitamos conocer toda la historia de una persona para encontrarnos con ella. Basta generar un espacio donde pueda estar sin sentir que debe justificarse, defenderse o parecerse a nosotros.
Yo había llegado a enseñar mosaico y terminé observando cómo el mosaico construía su propio lenguaje. No importaba demasiado de dónde veníamos ni que nuestras palabras fueran distintas. Teníamos una mesa, colores, fragmentos y nuestras manos. El mosaico tiene precisamente esa condición que siempre me ha fascinado: no borra las diferencias. Cada pieza continúa siendo ella misma, con su forma, su color y sus bordes, pero al encontrarse con otras comienza a construir algo que antes no existía.
Al final del taller aquella adolescente estaba sonriente y contenta de permanecer allí. Y yo me quedé pensando en ella. En lo poco que a veces se necesita para que alguien pueda sentirse parte de algo. Quizás el arte no transforma el mundo mediante esos grandes gestos que tantas veces le atribuimos. Quizás comienza de una manera mucho más pequeña: cuando alguien llega inseguro a una mesa y unas horas después se siente suficientemente acogido como para sonreír.
Ese día, en la periferia de Besançon, comprendí una vez más que mi trabajo no consiste solamente en hacer mosaicos. También consiste en crear las condiciones para encontrarnos. Porque quizás somos un poco eso: fragmentos distintos que no necesitan dejar de ser distintos para construir, juntos, una imagen.

Después de París vino el incendio. Y después del incendio, el camino nos llevó hasta Dijon, en la región de Borgoña, junto a mi amiga Jeanne.
A veces pienso que Francia se me quedó en la memoria no por sus monumentos ni por aquello que una supone que debe recordar, sino por estos pequeños accidentes del viaje: cambiar el rumbo, llegar a una ciudad inesperadamente y descubrir que allí también había algo esperándonos.
En Dijon encontramos este lugar.
El paradero era amarillo. Intensamente amarillo. Casi absurdo en medio de la quietud del paisaje. Frente a nosotras, el día comenzaba a apagarse mientras el cielo hacía lo contrario: se encendía.
Fue uno de los atardeceres más hermosos que vi en Francia.
Pero recuerdo todavía más el silencio.
Era un silencio que entraba en el cuerpo. De esos que no necesitan explicación y que, por un instante, consiguen apagar todo el ruido que una lleva dentro. Después de París, del incendio, de los viajes, del trabajo, de tantos kilómetros y tantas imágenes acumuladas, mi cabeza finalmente se quedó quieta.
Me dieron ganas de dormir.
Solo dormir.
No por cansancio, sino por esa extraña sensación de estar profundamente a salvo, de no tener que llegar a ninguna parte.
Gracias a Dios viví ese momento.
Hoy miro esta fotografía y vuelvo a Dijon. Vuelvo a Jeanne, al amarillo de aquel paradero, al atardecer y a ese silencio inmenso que por unos minutos consiguió detenerme.
Qué extraño es viajar. Una cruza un océano pensando que recordará ciudades, museos y grandes obras, y termina guardando para siempre algo mucho más pequeño: una amiga, un paradero amarillo y un atardecer en Dijon.
Quizás algunos lugares no se visitan.
Quizás algunos lugares simplemente nos ocurren.

Madrid, o la memoria de lo que permanece
Hay ciudades que uno visita y otras que, sin pedir permiso, comienzan a habitarnos.
Madrid apareció frente a mí bajo un cielo gris, casi como si quisiera quitarle solemnidad a sus monumentos. La piedra estaba ahí, firme, monumental, cargando siglos de historia, mientras alrededor los autos avanzaban, la lluvia mojaba el asfalto y la vida seguía ocurriendo con absoluta indiferencia.
Frente a la Puerta de Alcalá pensé en algo que atraviesa constantemente mi trabajo: la memoria no permanece intacta. También se fragmenta. Cambia de significado dependiendo de quién la mira, desde dónde la mira y en qué momento de su propia historia se encuentra.
Quizás por eso me interesan tanto las ciudades y sus monumentos. Porque son una especie de mosaico enorme: fragmentos de épocas distintas obligados a convivir en un mismo territorio.
Viajar también es eso.
Desplazarse para descubrir que uno nunca llega completamente vacío a ningún lugar. Llevamos nuestro territorio con nosotros. Yo miro esta piedra europea desde el desierto de Atacama, desde el mosaico, desde América Latina, desde todas las personas y lugares que han ido construyendo mi propia memoria.
Y entonces comprendo que el territorio no siempre es el lugar donde estamos.
A veces, el territorio es aquello que llevamos dentro cuando estamos lejos.

26 de abril de 2026
Domingo, después de las cinco
Hay encuentros que no ocurren en el tiempo, sino en la experiencia compartida. Este fue uno de esos.
Nos reunimos un domingo, después de las cinco de la tarde. Nelly Lemus, María Cañihuante y yo. La escena podría parecer mínima: té de hoja con hierba luisa, pan amasado hecho por María, una mesa compartida. Sin embargo, lo que estaba en juego no era lo doméstico, sino algo más profundo: una forma de encontrarnos desde lo humano.
Hacía meses que no nos veíamos, meses atravesados por el encierro en mi taller, por la intensidad de la maternidad compartida, por esa sensación de repliegue que a veces impone la vida cuando se vuelve demasiado densa. En ese contexto, el encuentro no era solo un reencuentro, era un volver a mirarnos, un volver a reconocernos.
Hay algo en ciertas amistades que no se desgasta con la distancia, sino que se transforma. Como si el tiempo, en lugar de separarnos, preparara el espacio para una conversación más honesta.
Hablamos de arte, sí, pero también de lo humano. De la fragilidad, de lo que significa estar vivas en este presente. De la importancia de habitarlo, de no huir de lo que sentimos, de sostenernos en lo que somos, aun cuando eso no esté completamente resuelto.
La investigación de Nelly apareció como un eje, su insistencia en pensar lo contemporáneo no como una categoría, sino como una tensión viva. En ella hay una manera de escuchar que acoge: no interrumpe, no corrige, no cierra, sino que abre. Y en esa apertura, el pensar se vuelve un acto compartido.
María, por su parte, habita la escena desde una presencia profundamente energética y a la vez serena. Hay en ella una fuerza que no necesita imponerse. En su gesto de preparar, en ese pan amasado hecho con sus manos, aparece una sabiduría que se expresa en lo simple, en lo cotidiano. María sostiene desde el cuidado, y en ese cuidado hay una potencia única, una forma de estar que ordena, que contiene, que da vida.
Me encontré pensando, mientras las escuchaba, en ese espacio que se abre cuando nos encontramos desde la honestidad. Un lugar que no siempre habitamos, pero que se hace posible cuando dejamos de defendernos y simplemente estamos.
Quizás por eso hablamos, medio en broma, medio en serio, de los locos. No como desajuste, sino como quienes se permiten sentir, quienes no reducen la vida a lo funcional, quienes se dan el tiempo de mirar, de escuchar, de abrazar.
La escena, vista desde fuera, sería irrelevante: tres mujeres leyendo un texto, riendo, llorando a ratos, mirándose a la cara. Pero es precisamente ahí donde ocurre lo esencial, en esa disposición a estar presentes, en ese habitar juntas el momento.
En algún momento pensé en la fragilidad de todo esto, en lo finito, en la pregunta inevitable sobre cuánto tiempo más. No es una pregunta cómoda, pero nos recuerda que este instante es el que tenemos.
Las personas son, en ese sentido, un regalo que acontece en la relación. Y el amor, más que una idea, es la forma en que elegimos estar con otros.
Defender el amor no es una consigna, es una práctica cotidiana. Defender quiénes somos, desde el respeto por nosotras mismas y por las otras, también.
Elegir a quién querer, a quién escuchar, a quién abrazar, es una forma profunda de libertad.
Leer nos abre mundos, pero es en el encuentro donde esos mundos cobran sentido.
Y en ese estar juntas, en ese pensar que no busca imponerse sino comprender, aparece una forma de poder distinta: no la del dominio, sino la de la creación compartida.

A veces no es la obra lo que te mira, sino el mundo que se cuela detrás de ella. La vi en La Casa Encendida Madrid (España), suspendida en ese equilibrio extraño entre lo delicado y lo incómodo, como si cada pieza supiera algo que uno todavía no alcanza a nombrar. No era solo un objeto, era una insinuación. Un gesto.
Y pensé inevitablemente en todo lo que no funciona.
En esa estructura invisible que sostiene lo cotidiano, pero que cruje. Que siempre ha crujido. Las políticas que prometen cuidado y terminan administrando distancia. Las decisiones que parecen tomadas desde un lugar correcto, pero que nunca tocan el suelo donde estamos quienes trabajamos, pagamos, donamos, cumplimos. Como si hubiera dos realidades: la que se escribe y la que se vive.
Lo más inquietante no es eso. Es que el atropello ya no tiene rostro claro.
No viene necesariamente desde arriba. Puede estar en lo mínimo. En la mesera que te ignora con una frialdad que no logras descifrar. En la administradora que decide sin mirarte. En ese gesto pequeño, casi imperceptible, donde alguien ejerce un poder que tampoco entiende del todo. Y tú quedas ahí, preguntándote con quién estás hablando realmente.
Porque ese es el punto: ya no sabemos.
El sistema no es una estructura lejana. Se ha filtrado en las personas. En sus maneras. En sus silencios. En esa forma de mirar que no ve. Y uno, que intenta hacer las cosas bien, empieza a sentir que eso hacer lo correcto no garantiza nada. Ni respeto, ni claridad, ni justicia.
Solo una cierta soledad.
La obra seguía ahí, quieta, como si no le importara. O tal vez como si lo supiera todo desde antes. Como si esa tensión —entre forma y fondo, entre apariencia y verdad fuera precisamente el lugar donde vivimos.
Y entonces entendí algo incómodo: la hipocresía no es una excepción.
Es el lenguaje.

Encapsular el tiempo
Cuando vi esta obra pensé en muchas cosas.
La fotografía tiene eso: encapsular el tiempo en un papel.
Pero yo no la veo como un instante detenido, sino como algo más inquietante… como si la vida pasara demasiado rápido, como si todo ocurriera en un segundo.
Las personas se van.
Los recuerdos se borran.
Y aun así, a veces nos resistimos.
Creo que uno de los errores más grandes es pensar que algo es para siempre.
Tal vez deberíamos amar distinto.
Amar con una venda en los ojos.
Despegarnos de la carne, de la belleza, de todo lo que nos confunde.

Madrid, 7 de marzo de 2026
Llegar a Madrid es encontrarse con una ciudad que parece construida sobre capas de tiempo. Frente al Palacio de Cibeles, bajo una lluvia persistente que vuelve la piedra más blanca y más densa, la arquitectura se levanta con una solemnidad casi teatral. Hay algo en estas fachadas que recuerda que las ciudades también son archivos: superficies donde la historia se acumula, se pule y se exhibe.
La plaza respira lentamente. El agua cae sobre el pavimento y convierte el tránsito cotidiano en una escena silenciosa. Los autos rodean la fuente de Cibeles mientras la ciudad sigue su ritmo, pero en medio de ese movimiento aparece una sensación de pausa. Como si Madrid, incluso en su velocidad, conservara todavía una forma antigua de contemplación.
En días como este la ciudad se vuelve más material. La piedra húmeda, el cielo gris y el reflejo de las luces sobre el suelo transforman el paisaje urbano en una superficie viva, casi pictórica. Caminar aquí es recorrer una memoria construida con arquitectura, historia y gestos cotidianos.
Madrid no se presenta; se despliega. Y bajo la lluvia, todo parece hablar un poco más despacio.

Hay lugares que no se recorren: se enfrentan. La Ciudad de las Artes y las Ciencias, en Valencia, aparece como una afirmación rotunda de forma, escala y ambición.
Las estructuras blancas se curvan como esqueletos marinos. El agua duplica cada volumen. La arquitectura no acompaña el paisaje: lo redefine.
El Hemisfèric, el Museo de las Ciencias, el Palau de les Arts. Todo responde a una lógica monumental, casi escénica. Hay una voluntad evidente de construir ícono.
La experiencia es impactante. Futurista. Limpia. Precisa. Pero también desmesurada.
Como artista del mosaico, estoy acostumbrada a pensar en fragmentos, en materia, en superficies que requieren cuidado permanente. Sé lo que implica mantener una obra en el tiempo.
Frente a esta escala, surge una pregunta inevitable: ¿qué significa sostener económicamente una arquitectura así?
Las superficies blancas exigen mantención constante. El agua requiere tratamiento técnico continuo. Las estructuras complejas implican revisiones especializadas.
La monumentalidad no termina en la construcción: comienza allí su verdadero costo.
Desde una mirada práctica, me cuesta imaginar que un proyecto de esta magnitud sea plenamente rentable sin un respaldo financiero permanente y robusto.
No es una crítica desde la negación, sino desde la experiencia material. Toda obra es una negociación entre belleza y sostenibilidad.
El mosaico me ha enseñado que cada fragmento cuenta. Que el detalle importa tanto como el gesto total.
Tal vez por eso me conmueven más las escalas humanas, aquellas donde la memoria se construye con cercanía y no solo con impacto visual.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias sigue siendo, en 2026, un símbolo potente. Pero para mí es también una pregunta abierta:
¿Hasta dónde conviene crecer cuando la belleza necesita ser sostenida todos los días?

Febrero 2026
Estoy en Sevilla, pero no sé si estoy en la ciudad o en su reflejo.
Me miro a través de un vidrio que no es solo vidrio: es filtro, es memoria, es capa. La cámara cubre mi rostro como si fuera un gesto de protección, pero también de búsqueda. Fotografiar es una forma de tocar sin tocar. De estar sin invadir. De decir: aquí estuve, pero también aquí me encontré.
Sevilla aparece detrás, suspendida entre lámparas rojas y sombras verdes. Hay algo teatral en la ciudad, algo que no necesita escenografía porque ella misma es escenario. Las luces flotan como pensamientos que no terminan de caer. Todo parece estar en tránsito: la gente, el aire, incluso el tiempo.
Me gusta esta sensación de estar doblemente presente: yo y mi reflejo, yo y la ciudad, yo y lo que aún no entiendo del todo. Viajar es eso. No es llegar. Es desarmarse un poco. Es dejar que el entorno te atraviese sin pedir permiso.
Pienso en el desierto. En Antofagasta. En cómo allá el horizonte es brutalmente abierto y aquí las calles se pliegan como si guardaran secretos. Sin embargo, hay algo común: la luz. La luz siempre cuenta la verdad del lugar. En Sevilla es cálida, envolvente. En el norte es cruda, frontal. Ambas exigen una forma distinta de mirar.
Tal vez por eso saco la cámara. Para entender cómo habito cada territorio. Para preguntarme quién soy cuando cambio de paisaje. Para recordar que la identidad también es un reflejo: fragmentado, movedizo, nunca fijo.
Estoy en Sevilla.
Pero también estoy en ese espacio intermedio donde el cuerpo viaja y el pensamiento se queda suspendido.
Y en ese vidrio, por un instante, todo coincide.

Enero 2026 – Fotografía Nanda Yasoda, Isla Santa María- Chile
La luna se alza sin esfuerzo, como si no perteneciera del todo al cielo sino a la memoria del agua. En la playa, la noche no cae: se extiende. Respira. El mar, oscuro y persistente, devuelve la luz lunar en fragmentos, la rompe en un temblor blanco que no alcanza a ser reflejo ni palabra. Todo parece suspendido en una lentitud antigua, como si el tiempo hubiera decidido quedarse mirando.
La arena guarda el frío del día y el paso de nadie. Hay algo íntimo en esta claridad nocturna, una forma de vigilancia suave: la luna observa sin juzgar, ilumina sin prometer. Bajo su luz, el cuerpo se vuelve más consciente de su peso, de su borde, de su silencio. La noche en la playa no es ausencia, es presencia contenida; un espacio donde el pensamiento se afloja y el mundo, por un instante, parece dispuesto a escucharnos.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Sagrada Familia- Barcelona, España.
Entrar a la Sagrada Familia no es entrar a un templo: es ingresar a una respiración. La luz no cae, se filtra; no ilumina, se posa. Todo parece estar en tránsito, como si el edificio aún estuviera decidiendo qué forma tomar. Y en ese estado de inacabamiento —tan humano— uno se siente menos visitante y más cuerpo presente.
Me quedé largo rato bajo ese baldaquino suspendido, donde el Cristo cuelga sin dramatismo excesivo, sin la teatralidad del dolor. Hay algo profundamente extraño en esa imagen: no es la cruz lo que pesa, sino el aire que la rodea. Las uvas, las espigas, las luces colgantes hablan de alimento, de ciclo, de lo que vuelve. No del sacrificio como final, sino como pasaje.
Pensé entonces que Gaudí no construyó una iglesia, sino una forma de mirar. Una pedagogía lenta. Aquí la fe no se impone; se aprende caminando, levantando la cabeza, dejando que el cuerpo se desoriente un poco. Las columnas no sostienen el techo: parecen crecer desde la tierra, como árboles que decidieron convertirse en arquitectura. El templo no niega la naturaleza, la continúa.
La Sagrada Familia me confrontó con algo simple y difícil a la vez: la espiritualidad no está en lo elevado, sino en lo entrelazado. En cómo la materia acepta ser atravesada por la luz. En cómo lo inacabado no es falla, sino promesa. Salí de ahí con la sensación de que creer —si es que aún creemos— no tiene que ver con certezas, sino con permanecer disponibles.
Tal vez por eso la experiencia no termina al salir. Algo queda vibrando. Como si el edificio, más que ser visto, nos hubiera mirado a nosotros.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Gran Vía- Madrid, España.
Madrid no se camina, se escucha.
Se oye en el roce del zapato contra la vereda, en el murmullo que sube desde los bares como una respiración antigua, en el motor del bus nocturno que avanza sin apuro por la Gran Vía. Madrid no grita su historia; la susurra, como si supiera que quien quiere quedarse, se queda igual.
Hay una luz que no es de ahora ni de antes. Una luz que parece encenderse sola cuando cae la noche y los edificios, esos palacios cotidianos, vuelven a ocupar su lugar de fondo teatral. Todo está en pie, todo resiste. Madrid no posa, permanece.
Caminar por aquí es aceptar que el tiempo no es lineal. En una esquina aparece el siglo pasado; en la siguiente, un recuerdo que no es tuyo pero te reconoce. Madrid tiene esa extraña hospitalidad: no pregunta de dónde vienes, solo te hace espacio. Como las ciudades que han visto pasar demasiadas despedidas para escandalizarse con una más.
Hay algo profundamente latino en su manera de sostener la noche. No es una ciudad apurada por llegar a mañana. Prefiere quedarse conversando, prolongar el gesto, estirar el vino, dejar que la calle decida cuándo es suficiente. Madrid sabe que la vida ocurre entre las cosas, no en los destinos.
Y entonces uno entiende que no está de paso. Que aunque el cuerpo venga de otro mapa, algo se acomoda aquí adentro. Madrid no promete nada, pero cumple igual: te presta su ritmo, su sombra, su pulso encendido. Y cuando te vas, no se despide. Se queda contigo, trabajando lento, como una frase que sigue escribiéndose sola.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Moorfields / Queen Square (Liverpool City Centre)
Liverpool aparece aquí no como postal, sino como pulso. Una ciudad que se deja leer en sus capas, en esa convivencia tensa entre lo antiguo que persiste y lo nuevo que intenta ordenarlo todo. Caminar por estas calles es entender que Inglaterra no es solo una idea pulcra y ordenada, sino también una acumulación de historias industriales, migraciones, ruinas discretas y reinvenciones constantes.
Los edificios se sostienen con una dignidad silenciosa. No buscan imponerse, pero tampoco desaparecer. Hay algo profundamente honesto en esa arquitectura que no maquilla su pasado: muros que recuerdan el trabajo, el comercio, el tránsito incesante de cuerpos y mercancías. Liverpool no se ofrece como promesa, sino como archivo vivo.
El movimiento es contenido, casi medido. Los autos avanzan con una calma que no es lentitud, sino conciencia del espacio compartido. El verde de un taxi irrumpe como un gesto mínimo de color, una anomalía amable dentro de una paleta dominada por grises, ladrillos y cielos abiertos. Todo parece estar en su lugar, pero nada está cerrado del todo.
En este paisaje urbano, el tiempo no corre en línea recta. Se pliega. Conviven el pasado industrial, la modernidad funcional y una melancolía persistente que no se nombra, pero se siente. Liverpool se camina más que se mira. Se escucha en el eco de los pasos, en el viento que atraviesa las esquinas, en la sensación de estar siempre llegando un poco tarde a algo que ya ocurrió.
Tal vez por eso la ciudad resulta tan fértil para pensar el arte y la memoria. No hay épica, hay resistencia cotidiana. No hay monumento grandilocuente, hay continuidad. Liverpool no exige atención, pero la recompensa. Es un lugar donde el cuerpo entiende, antes que la razón, que habitar también es cargar con lo que fue y seguir avanzando, incluso cuando el camino no promete nada extraordinario.
Aquí, caminar es una forma de lectura. Y la ciudad, un texto que no se termina nunca.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Estación de Atocha (Madrid), España
Hay lugares que no se recuerdan por lo que muestran, sino por lo que nos permiten ser mientras los habitamos. Atocha fue eso. No una estación, no un edificio monumental, sino un umbral. Un lugar de paso que, sin pedir permiso, se volvió pausa.
En la fotografía aparezco detenida frente a una arquitectura que parece sostener siglos, relojes, partidas. Atocha no mira hacia adelante ni hacia atrás: mira hacia adentro. Es una espalda enorme cargada de historias ajenas, de exilios, de regresos fallidos, de viajes que no sabían todavía que lo eran. Yo tampoco lo sabía entonces.
Era 2014. No había claridad, pero sí una intuición persistente: moverse también es una forma de pensar. Estar lejos no como huida, sino como método. Caminar otra ciudad para escuchar cómo el propio cuerpo cambia de ritmo, cómo el lenguaje se vuelve torpe, cómo la identidad se afloja apenas lo suficiente para dejar pasar otras preguntas.
La estación es de hierro, vidrio y memoria. Materiales que resisten, pero que también dejan ver. Me gusta pensar que esa mañana Atocha funcionó como un espejo extraño: uno donde no me reconocía del todo, pero tampoco me perdía. Habitar ese intermedio fue un aprendizaje silencioso.
Viajar no siempre es llegar. A veces es quedarse suspendida en un punto donde todo parece provisional. La ropa, el idioma, las certezas. Y en esa provisionalidad aparece algo honesto: la posibilidad de mirarse sin el peso de lo que se espera que una sea.
Atocha fue una estación del cuerpo antes que del tren. Un momento donde todavía no existían los proyectos que vendrían después, ni las obras, ni los nombres que hoy ordenan el trabajo. Solo estaba el gesto mínimo de estar ahí, sosteniendo una cartera rosada, el frío suave, el tiempo abierto.
Hoy miro esta imagen y no la leo como nostalgia. La leo como origen. Como una de esas escenas que, sin saberlo, empiezan a escribir una línea que sigue avanzando. No hacia un destino fijo, sino hacia una manera de habitar el mundo con atención, con fragilidad, con una pregunta siempre activa.
Atocha, 2014.
Un lugar de paso que se quedó.
