Este blog es un espacio de archivo vivo. Aquí se cruzan imágenes, viajes, procesos creativos y fragmentos de pensamiento que han acompañado mi camino como artista. No busca ordenar una biografía ni construir un relato cerrado, sino dejar huellas: escenas, obras, preguntas y territorios que han ido modelando mi manera de mirar y de trabajar.
Escribo para detener el tiempo, para volver sobre ciertos momentos y comprender cómo el arte se entrelaza con la vida cotidiana, con la memoria personal y con los paisajes que habitamos. Cada entrada funciona como un gesto de observación, una pausa necesaria donde el proceso importa tanto como el resultado.
Este espacio también está pensado como un lugar de encuentro. Me interesa que el blog no sea solo una vitrina, sino un diálogo abierto con quienes leen, crean, investigan o simplemente sienten curiosidad por el arte y el territorio.
Si algo de lo que lees resuena contigo, si una imagen o un texto despierta una pregunta o una intuición, te invito a escribirme. Las conversaciones que nacen desde la sensibilidad y el cruce de miradas suelen ser el inicio de nuevas ideas, colaboraciones y proyectos.
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nanda@nandayasoda.cl

A veces no es la obra lo que te mira, sino el mundo que se cuela detrás de ella. La vi en La Casa Encendida Madrid (España), suspendida en ese equilibrio extraño entre lo delicado y lo incómodo, como si cada pieza supiera algo que uno todavía no alcanza a nombrar. No era solo un objeto, era una insinuación. Un gesto.
Y pensé —inevitablemente— en todo lo que no funciona.
En esa estructura invisible que sostiene lo cotidiano, pero que cruje. Que siempre ha crujido. Las políticas que prometen cuidado y terminan administrando distancia. Las decisiones que parecen tomadas desde un lugar correcto, pero que nunca tocan el suelo donde estamos quienes trabajamos, pagamos, donamos, cumplimos. Como si hubiera dos realidades: la que se escribe y la que se vive.
Lo más inquietante no es eso. Es que el atropello ya no tiene rostro claro.
No viene necesariamente desde arriba. Puede estar en lo mínimo. En la mesera que te ignora con una frialdad que no logras descifrar. En la administradora que decide sin mirarte. En ese gesto pequeño, casi imperceptible, donde alguien ejerce un poder que tampoco entiende del todo. Y tú quedas ahí, preguntándote con quién estás hablando realmente.
Porque ese es el punto: ya no sabemos.
El sistema no es una estructura lejana. Se ha filtrado en las personas. En sus maneras. En sus silencios. En esa forma de mirar que no ve. Y uno, que intenta hacer las cosas bien, empieza a sentir que eso —hacer lo correcto— no garantiza nada. Ni respeto, ni claridad, ni justicia.
Solo una cierta soledad.
La obra seguía ahí, quieta, como si no le importara. O tal vez como si lo supiera todo desde antes. Como si esa tensión —entre forma y fondo, entre apariencia y verdad— fuera precisamente el lugar donde vivimos.
Y entonces entendí algo incómodo: la hipocresía no es una excepción.
Es el lenguaje.

Encapsular el tiempo
Cuando vi esta obra pensé en muchas cosas.
La fotografía tiene eso: encapsular el tiempo en un papel.
Pero yo no la veo como un instante detenido, sino como algo más inquietante… como si la vida pasara demasiado rápido, como si todo ocurriera en un segundo.
Las personas se van.
Los recuerdos se borran.
Y aun así, a veces nos resistimos.
Creo que uno de los errores más grandes es pensar que algo es para siempre.
Tal vez deberíamos amar distinto.
Amar con una venda en los ojos.
Despegarnos de la carne, de la belleza, de todo lo que nos confunde.

Madrid, 7 de marzo de 2026
Llegar a Madrid es encontrarse con una ciudad que parece construida sobre capas de tiempo. Frente al Palacio de Cibeles, bajo una lluvia persistente que vuelve la piedra más blanca y más densa, la arquitectura se levanta con una solemnidad casi teatral. Hay algo en estas fachadas que recuerda que las ciudades también son archivos: superficies donde la historia se acumula, se pule y se exhibe.
La plaza respira lentamente. El agua cae sobre el pavimento y convierte el tránsito cotidiano en una escena silenciosa. Los autos rodean la fuente de Cibeles mientras la ciudad sigue su ritmo, pero en medio de ese movimiento aparece una sensación de pausa. Como si Madrid, incluso en su velocidad, conservara todavía una forma antigua de contemplación.
En días como este la ciudad se vuelve más material. La piedra húmeda, el cielo gris y el reflejo de las luces sobre el suelo transforman el paisaje urbano en una superficie viva, casi pictórica. Caminar aquí es recorrer una memoria construida con arquitectura, historia y gestos cotidianos.
Madrid no se presenta; se despliega. Y bajo la lluvia, todo parece hablar un poco más despacio.

Ciudad de las Artes y las Ciencias: entre el asombro y la duda
Marzo de 2026
Hay lugares que no se recorren: se enfrentan. La Ciudad de las Artes y las Ciencias, en Valencia, aparece como una afirmación rotunda de forma, escala y ambición.
Las estructuras blancas se curvan como esqueletos marinos. El agua duplica cada volumen. La arquitectura no acompaña el paisaje: lo redefine.
El Hemisfèric, el Museo de las Ciencias, el Palau de les Arts. Todo responde a una lógica monumental, casi escénica. Hay una voluntad evidente de construir ícono.
La experiencia es impactante. Futurista. Limpia. Precisa. Pero también desmesurada.
Como artista del mosaico, estoy acostumbrada a pensar en fragmentos, en materia, en superficies que requieren cuidado permanente. Sé lo que implica mantener una obra en el tiempo.
Frente a esta escala, surge una pregunta inevitable: ¿qué significa sostener económicamente una arquitectura así?
Las superficies blancas exigen mantención constante. El agua requiere tratamiento técnico continuo. Las estructuras complejas implican revisiones especializadas.
La monumentalidad no termina en la construcción: comienza allí su verdadero costo.
Desde una mirada práctica, me cuesta imaginar que un proyecto de esta magnitud sea plenamente rentable sin un respaldo financiero permanente y robusto.
No es una crítica desde la negación, sino desde la experiencia material. Toda obra es una negociación entre belleza y sostenibilidad.
El mosaico me ha enseñado que cada fragmento cuenta. Que el detalle importa tanto como el gesto total.
Tal vez por eso me conmueven más las escalas humanas, aquellas donde la memoria se construye con cercanía y no solo con impacto visual.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias sigue siendo, en 2026, un símbolo potente. Pero para mí es también una pregunta abierta:
¿Hasta dónde conviene crecer cuando la belleza necesita ser sostenida todos los días?

Febrero 2026
Estoy en Sevilla, pero no sé si estoy en la ciudad o en su reflejo.
Me miro a través de un vidrio que no es solo vidrio: es filtro, es memoria, es capa. La cámara cubre mi rostro como si fuera un gesto de protección, pero también de búsqueda. Fotografiar es una forma de tocar sin tocar. De estar sin invadir. De decir: aquí estuve, pero también aquí me encontré.
Sevilla aparece detrás, suspendida entre lámparas rojas y sombras verdes. Hay algo teatral en la ciudad, algo que no necesita escenografía porque ella misma es escenario. Las luces flotan como pensamientos que no terminan de caer. Todo parece estar en tránsito: la gente, el aire, incluso el tiempo.
Me gusta esta sensación de estar doblemente presente: yo y mi reflejo, yo y la ciudad, yo y lo que aún no entiendo del todo. Viajar es eso. No es llegar. Es desarmarse un poco. Es dejar que el entorno te atraviese sin pedir permiso.
Pienso en el desierto. En Antofagasta. En cómo allá el horizonte es brutalmente abierto y aquí las calles se pliegan como si guardaran secretos. Sin embargo, hay algo común: la luz. La luz siempre cuenta la verdad del lugar. En Sevilla es cálida, envolvente. En el norte es cruda, frontal. Ambas exigen una forma distinta de mirar.
Tal vez por eso saco la cámara. Para entender cómo habito cada territorio. Para preguntarme quién soy cuando cambio de paisaje. Para recordar que la identidad también es un reflejo: fragmentado, movedizo, nunca fijo.
Estoy en Sevilla.
Pero también estoy en ese espacio intermedio donde el cuerpo viaja y el pensamiento se queda suspendido.
Y en ese vidrio, por un instante, todo coincide.

Enero 2026 – Fotografía Nanda Yasoda, Isla Santa María- Chile
La luna se alza sin esfuerzo, como si no perteneciera del todo al cielo sino a la memoria del agua. En la playa, la noche no cae: se extiende. Respira. El mar, oscuro y persistente, devuelve la luz lunar en fragmentos, la rompe en un temblor blanco que no alcanza a ser reflejo ni palabra. Todo parece suspendido en una lentitud antigua, como si el tiempo hubiera decidido quedarse mirando.
La arena guarda el frío del día y el paso de nadie. Hay algo íntimo en esta claridad nocturna, una forma de vigilancia suave: la luna observa sin juzgar, ilumina sin prometer. Bajo su luz, el cuerpo se vuelve más consciente de su peso, de su borde, de su silencio. La noche en la playa no es ausencia, es presencia contenida; un espacio donde el pensamiento se afloja y el mundo, por un instante, parece dispuesto a escucharnos.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Sagrada Familia- Barcelona, España.
Entrar a la Sagrada Familia no es entrar a un templo: es ingresar a una respiración. La luz no cae, se filtra; no ilumina, se posa. Todo parece estar en tránsito, como si el edificio aún estuviera decidiendo qué forma tomar. Y en ese estado de inacabamiento —tan humano— uno se siente menos visitante y más cuerpo presente.
Me quedé largo rato bajo ese baldaquino suspendido, donde el Cristo cuelga sin dramatismo excesivo, sin la teatralidad del dolor. Hay algo profundamente extraño en esa imagen: no es la cruz lo que pesa, sino el aire que la rodea. Las uvas, las espigas, las luces colgantes hablan de alimento, de ciclo, de lo que vuelve. No del sacrificio como final, sino como pasaje.
Pensé entonces que Gaudí no construyó una iglesia, sino una forma de mirar. Una pedagogía lenta. Aquí la fe no se impone; se aprende caminando, levantando la cabeza, dejando que el cuerpo se desoriente un poco. Las columnas no sostienen el techo: parecen crecer desde la tierra, como árboles que decidieron convertirse en arquitectura. El templo no niega la naturaleza, la continúa.
La Sagrada Familia me confrontó con algo simple y difícil a la vez: la espiritualidad no está en lo elevado, sino en lo entrelazado. En cómo la materia acepta ser atravesada por la luz. En cómo lo inacabado no es falla, sino promesa. Salí de ahí con la sensación de que creer —si es que aún creemos— no tiene que ver con certezas, sino con permanecer disponibles.
Tal vez por eso la experiencia no termina al salir. Algo queda vibrando. Como si el edificio, más que ser visto, nos hubiera mirado a nosotros.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Gran Vía- Madrid, España.
Madrid no se camina, se escucha.
Se oye en el roce del zapato contra la vereda, en el murmullo que sube desde los bares como una respiración antigua, en el motor del bus nocturno que avanza sin apuro por la Gran Vía. Madrid no grita su historia; la susurra, como si supiera que quien quiere quedarse, se queda igual.
Hay una luz que no es de ahora ni de antes. Una luz que parece encenderse sola cuando cae la noche y los edificios, esos palacios cotidianos, vuelven a ocupar su lugar de fondo teatral. Todo está en pie, todo resiste. Madrid no posa, permanece.
Caminar por aquí es aceptar que el tiempo no es lineal. En una esquina aparece el siglo pasado; en la siguiente, un recuerdo que no es tuyo pero te reconoce. Madrid tiene esa extraña hospitalidad: no pregunta de dónde vienes, solo te hace espacio. Como las ciudades que han visto pasar demasiadas despedidas para escandalizarse con una más.
Hay algo profundamente latino en su manera de sostener la noche. No es una ciudad apurada por llegar a mañana. Prefiere quedarse conversando, prolongar el gesto, estirar el vino, dejar que la calle decida cuándo es suficiente. Madrid sabe que la vida ocurre entre las cosas, no en los destinos.
Y entonces uno entiende que no está de paso. Que aunque el cuerpo venga de otro mapa, algo se acomoda aquí adentro. Madrid no promete nada, pero cumple igual: te presta su ritmo, su sombra, su pulso encendido. Y cuando te vas, no se despide. Se queda contigo, trabajando lento, como una frase que sigue escribiéndose sola.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Moorfields / Queen Square (Liverpool City Centre)
Liverpool aparece aquí no como postal, sino como pulso. Una ciudad que se deja leer en sus capas, en esa convivencia tensa entre lo antiguo que persiste y lo nuevo que intenta ordenarlo todo. Caminar por estas calles es entender que Inglaterra no es solo una idea pulcra y ordenada, sino también una acumulación de historias industriales, migraciones, ruinas discretas y reinvenciones constantes.
Los edificios se sostienen con una dignidad silenciosa. No buscan imponerse, pero tampoco desaparecer. Hay algo profundamente honesto en esa arquitectura que no maquilla su pasado: muros que recuerdan el trabajo, el comercio, el tránsito incesante de cuerpos y mercancías. Liverpool no se ofrece como promesa, sino como archivo vivo.
El movimiento es contenido, casi medido. Los autos avanzan con una calma que no es lentitud, sino conciencia del espacio compartido. El verde de un taxi irrumpe como un gesto mínimo de color, una anomalía amable dentro de una paleta dominada por grises, ladrillos y cielos abiertos. Todo parece estar en su lugar, pero nada está cerrado del todo.
En este paisaje urbano, el tiempo no corre en línea recta. Se pliega. Conviven el pasado industrial, la modernidad funcional y una melancolía persistente que no se nombra, pero se siente. Liverpool se camina más que se mira. Se escucha en el eco de los pasos, en el viento que atraviesa las esquinas, en la sensación de estar siempre llegando un poco tarde a algo que ya ocurrió.
Tal vez por eso la ciudad resulta tan fértil para pensar el arte y la memoria. No hay épica, hay resistencia cotidiana. No hay monumento grandilocuente, hay continuidad. Liverpool no exige atención, pero la recompensa. Es un lugar donde el cuerpo entiende, antes que la razón, que habitar también es cargar con lo que fue y seguir avanzando, incluso cuando el camino no promete nada extraordinario.
Aquí, caminar es una forma de lectura. Y la ciudad, un texto que no se termina nunca.

Enero 2014- FotografÍa Nanda Yasoda, Estación de Atocha (Madrid), España
Hay lugares que no se recuerdan por lo que muestran, sino por lo que nos permiten ser mientras los habitamos. Atocha fue eso. No una estación, no un edificio monumental, sino un umbral. Un lugar de paso que, sin pedir permiso, se volvió pausa.
En la fotografía aparezco detenida frente a una arquitectura que parece sostener siglos, relojes, partidas. Atocha no mira hacia adelante ni hacia atrás: mira hacia adentro. Es una espalda enorme cargada de historias ajenas, de exilios, de regresos fallidos, de viajes que no sabían todavía que lo eran. Yo tampoco lo sabía entonces.
Era 2014. No había claridad, pero sí una intuición persistente: moverse también es una forma de pensar. Estar lejos no como huida, sino como método. Caminar otra ciudad para escuchar cómo el propio cuerpo cambia de ritmo, cómo el lenguaje se vuelve torpe, cómo la identidad se afloja apenas lo suficiente para dejar pasar otras preguntas.
La estación es de hierro, vidrio y memoria. Materiales que resisten, pero que también dejan ver. Me gusta pensar que esa mañana Atocha funcionó como un espejo extraño: uno donde no me reconocía del todo, pero tampoco me perdía. Habitar ese intermedio fue un aprendizaje silencioso.
Viajar no siempre es llegar. A veces es quedarse suspendida en un punto donde todo parece provisional. La ropa, el idioma, las certezas. Y en esa provisionalidad aparece algo honesto: la posibilidad de mirarse sin el peso de lo que se espera que una sea.
Atocha fue una estación del cuerpo antes que del tren. Un momento donde todavía no existían los proyectos que vendrían después, ni las obras, ni los nombres que hoy ordenan el trabajo. Solo estaba el gesto mínimo de estar ahí, sosteniendo una cartera rosada, el frío suave, el tiempo abierto.
Hoy miro esta imagen y no la leo como nostalgia. La leo como origen. Como una de esas escenas que, sin saberlo, empiezan a escribir una línea que sigue avanzando. No hacia un destino fijo, sino hacia una manera de habitar el mundo con atención, con fragilidad, con una pregunta siempre activa.
Atocha, 2014.
Un lugar de paso que se quedó.

Enero 2026- FotografÍa Nanda Yasoda, Coviefi (Antofagasta) Chile
La luz que insiste
Me quedé allí, detenida, como si la ciudad me tomara por los hombros para decirme: mira bien.
El semáforo en rojo temblaba en medio del día, una herida mínima encendida contra el cielo limpio. Y yo, Nanda Yasoda, sentí que algo en mí también se detenía, quizás por primera vez en semanas. No fue el tránsito; fue la vida, con su manera silenciosa de mostrarme lo que no quiero ver cuando corro.
Hay luces que no iluminan el camino, sino la conciencia. Te obligan a quedarte quieta con tu propio ruido, a escuchar el murmullo de lo que uno evade. La pausa como un territorio extraño, casi incómodo, pero necesario.
El cielo, tan desmesuradamente azul, me caía encima como un recordatorio: eres más pequeña de lo que crees, pero también más vasta de lo que imaginas.
En esta ciudad —que a veces se parece a una bestia y otras a un sueño que se deshace entre los dedos— la luz se mueve con un ritmo que no siempre entiendo, pero que me atraviesa. Cada farol, cada sombra, cada destello sobre el pavimento caliente parece decirme que la vida no ocurre en los grandes gestos, sino en estos segundos suspendidos, donde nadie mira, donde nadie sabe que algo en ti se está ordenando.
Escribo esto porque temo olvidar la claridad que encontré en la detención.
La luz roja, fija, inmóvil, se volvió una especie de espejo.
Ahí comprendí que no basta con avanzar. Que a veces es necesario quedarse, sostener el propio silencio, aceptar la incomodidad de no estar yendo hacia ningún lado.
Porque en esos momentos aparece lo verdadero: lo que duele, lo que falta, lo que aún no cicatriza, lo que sigue llamando desde dentro. Y entonces también aparece una forma distinta de luz: no la que brilla por fuera, sino la que nace cuando una por fin se atreve a mirarse sin prisa.
Hoy la ciudad me habló en un idioma sin palabras.
Y yo, que nunca sé si escucho o imagino, me quedé con esta certeza tenue:
la luz no guía, revela.
Y lo que revela es siempre uno mismo.

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