Nanda Yasoda

Hay una tentación frecuente en el discurso artístico contemporáneo: inscribir la práctica en categorías estables, ya sea como destino o como herramienta. En el caso de Nanda Yasoda, esa dicotomía resulta insuficiente. Su trabajo se sitúa en otro lugar: el arte como forma de habitar, no enunciado como programa, sino ejercido como práctica sostenida, encarnada en el tiempo y en el territorio.

Desde Antofagasta, un espacio donde el desierto no opera como metáfora sino como condición material, su obra articula una poética de la fragmentación. El mosaico, en este contexto, deja de ser ornamento para convertirse en un dispositivo de reunión: no de lo homogéneo, sino de lo disperso. Cada tesela, cada resto cerámico, insiste en su singularidad incluso al integrarse en una totalidad siempre inestable. No hay voluntad de sutura; hay, más bien, una ética que expone la grieta como condición constitutiva.

En el norte de Chile, donde los relatos hegemónicos han sido históricamente capturados por la lógica extractiva, Yasoda desplaza el eje hacia los cuerpos y sus memorias. Su trabajo no ilustra una historia alternativa: la produce. En Entre el aire y la tierra, desarrollado junto a internas del Centro Penitenciario de Antofagasta en el marco de la Bienal SACO 1.1, el mural se desactiva como objeto contemplativo para devenir proceso colectivo. La acción de cortar y ensamblar cerámica no es meramente técnica: es un ejercicio de restitución de agencia. En ese contexto, la imagen del ala no funciona como símbolo decorativo, sino como proyección de una posibilidad que emerge desde la experiencia del encierro. No hay espectadores; hay implicación.

Esta misma lógica se desplaza hacia el campo objetual en Fragmentos en Movimiento (CHACO, 2023), donde el mosaico abandona su condición bidimensional y se expande hacia lo volumétrico. Las piezas operan como cuerpos tensos, donde el color no describe sino que vibra, y la superficie deja de ser límite para convertirse en un campo de intensidades. Aquí, el material no oculta su ensamblaje: lo enfatiza, lo expone como una coreografía de fuerzas.

Su trabajo en Lo que está en la superficie, realizado junto a Dominique Vispo en las Ruinas de Huanchaca, profundiza esta relación con el territorio. Lejos de estetizar el pasado extractivo, la intervención lo aborda como un archivo activo, cargado de fricciones políticas y afectivas. El paisaje no es fondo ni contexto: es materia crítica. Esta aproximación se extiende a sus colaboraciones en Cuba, en el GAM de Santiago, en Tocopilla con el retrato de Andrés Pérez, y en el circuito ZICOSUR con Lenka Franulic junto a Gonzalo San Martín. En todos estos casos, la autoría se desplaza deliberadamente hacia una dimensión colectiva, desarticulando la figura del artista como sujeto centralizado.

Su formación en la Escuela Jotja de Barcelona, el diplomado en Microcuradurías de SACO y su titulación en Arte y Gestión Cultural en AIEP Antofagasta no se traduce en una práctica orientada a la consolidación de una firma. Por el contrario, su trayectoria se sostiene en la activación de procesos, en la construcción de vínculos y en la generación de situaciones donde el arte opera como mediación.

En este sentido, la obra de Yasoda no se agota en sus manifestaciones materiales. Persiste en las manos que incorporan el gesto técnico, en los territorios que se reconfiguran simbólicamente, en las comunidades que participan del hacer. Más que producir objetos, configura condiciones de encuentro.

En un escenario donde el arte contemporáneo oscila entre la espectacularización y la autorreferencialidad, su práctica propone una operación más sobria y, precisamente por ello, más incisiva: trabajar desde la grieta. No como signo de carencia, sino como espacio de posibilidad. Allí, en esa fisura, es donde su obra encuentra su potencia crítica y su dimensión política.