Becuntur 1.1

Texto curatorial

Hay imágenes que no buscan representar un territorio, sino activarlo. Imágenes que operan menos como ilustración y más como interrupción sensible dentro del espacio urbano. Bekuntur 1.1, realizado en la población José Papic de Antofagasta, aparece precisamente desde esa condición: no como mural decorativo ni como operación estética de embellecimiento barrial, sino como una estructura visual que reorganiza simbólicamente la relación entre comunidad, memoria y territorio.

Ubicado en uno de los sectores históricamente atravesados por procesos de marginalización urbana y abandono estructural, el mural emerge como una intervención que tensiona la manera en que ciertos cuerpos y ciertos barrios han sido tradicionalmente representados —o simplemente omitidos— dentro de las narrativas oficiales de ciudad.

Aquí no existe monumentalidad heroica ni relato institucional. Lo que aparece es otra cosa: una escena de observación mutua. Dos figuras enfrentadas sostienen una relación silenciosa cuya intensidad no depende de la acción, sino de la permanencia de la mirada. Un niño y una mujer ocupan la superficie mural como presencias simbólicas que parecen existir en un tiempo suspendido, fuera de cualquier lógica narrativa lineal.

Las máscaras de ave que cubren parcialmente sus rostros desplazan inmediatamente cualquier lectura puramente identitaria. No funcionan como referencia folclórica ni como cita literal a imaginarios indígenas o rituales específicos. Operan más bien como dispositivos de transformación: cuerpos híbridos situados en un umbral entre humanidad, animalidad, paisaje y memoria colectiva.

En ese sentido, Bekuntur 1.1 no propone una imagen fija de comunidad, sino una comunidad en estado de transición.

La figura infantil ubicada al costado izquierdo concentra una de las tensiones centrales de la obra. Su cuerpo no aparece separado del entorno, sino expandiéndose hacia él. Desde la cabeza brotan ramas, hojas y formas vegetales que avanzan sobre la superficie como si el muro mismo comenzara lentamente a convertirse en organismo vivo. No se trata de una naturaleza idealizada. Lo vegetal aparece aquí como insistencia biológica en medio de un territorio históricamente asociado a la extracción, la aridez y la devastación material.

Existe una dimensión política en esa expansión orgánica. En una región marcada por economías extractivas que han transformado radicalmente el paisaje del norte de Chile, la aparición de cuerpos que vuelven a mezclarse con lo vegetal adquiere una potencia simbólica evidente. La obra parece preguntarse qué formas de vida logran persistir incluso en territorios sometidos a la fragmentación social y al desgaste urbano.

Frente a él aparece la figura femenina. No como contraparte maternal tradicional, sino como acumulación de temporalidades. Sus ojos abiertos contienen una conciencia inmóvil, casi arqueológica. La superficie fragmentada de su rostro —construida mediante mosaico— transforma la piel en archivo matérico. Cada tesela funciona como resto, huella o sedimentación visual de experiencias colectivas.

El mosaico adquiere aquí una dimensión particularmente significativa. Históricamente asociado a la ornamentación o a ciertos imaginarios artesanales, en esta obra se desplaza hacia otro lugar: el fragmento como lenguaje político. La superficie rota deja de ocultarse y comienza a exhibirse como condición constitutiva de la imagen. La fractura no aparece como error que debe corregirse, sino como posibilidad de reconstrucción visual y comunitaria.

Esa condición fragmentaria dialoga también con el propio territorio de José Papic. Un espacio atravesado por memorias discontinuas, precariedades urbanas y formas de organización comunitaria que sobreviven pese a los constantes procesos de exclusión espacial que afectan históricamente a las periferias urbanas del norte chileno.

Pero quizás uno de los aspectos más relevantes de Bekuntur 1.1 sea la manera en que desplaza las relaciones tradicionales entre arte público y comunidad. El mural no intenta representar a la población desde afuera ni hablar en nombre de ella. Su construcción incorporó participación de niños, niñas y adolescentes del sector, integrando el proceso artístico como instancia de experiencia compartida más que como simple ejecución técnica.

En ese sentido, la obra se aleja de las lógicas paternalistas frecuentemente presentes en ciertos programas de intervención urbana. Aquí el espacio público no aparece como superficie pasiva que debe ser “intervenida”, sino como territorio vivo donde circulan afectos, memorias y formas complejas de producción simbólica.

Bekuntur 1.1 instala entonces una pregunta persistente sobre la posibilidad de volver a mirar aquello que la ciudad normalmente invisibiliza. No desde la espectacularización de la pobreza ni desde la romantización comunitaria, sino desde la construcción de una imagen capaz de sostener simultáneamente fragilidad, resistencia y transformación.

Porque quizás toda verdadera obra pública comienza exactamente ahí: en el instante en que una comunidad logra reconocerse nuevamente dentro de la superficie que habita.

Proyecto: Patios Culturales
Obra

Bekuntur 1.1

Convocatoria

Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio
Región de Antofagasta

Artistas

Nanda Yasoda Mejías Rojas & Zike

Año

2023

Técnica

Mural en mosaico y pintura con incorporación de pigmentos naturales y tierras locales.

Dimensiones

56 m²

Ubicación

Población José Papic, Antofagasta, Chile

Dirección cromática y coordinación territorial

Nanda Yasoda

Participación comunitaria

Niños, niñas y adolescentes del sector.

Descripción

Bekuntur 1.1 es una intervención mural desarrollada en la población José Papic de Antofagasta, donde el mosaico y la pintura se articulan como una experiencia de encuentro entre territorio, memoria y comunidad. La obra propone un diálogo simbólico entre figuras híbridas y paisaje, incorporando procesos colaborativos con niños, niñas y adolescentes del sector como parte esencial de su construcción material y afectiva.

Más que instalar una imagen sobre el espacio público, el proyecto buscó abrir un lugar de convivencia y reconocimiento mutuo, entendiendo el mural como un proceso compartido de transformación sensible del territorio. En este contexto, la participación comunitaria no aparece únicamente como colaboración, sino como una forma de cohabitar la creación artística desde la confianza, la escucha y el cuidado colectivo.

Agradecimientos

A Roxana, presidenta de la Junta de Vecinos, por sostener con generosidad y compromiso este proceso comunitario, y a todas las personas, familias, niños, niñas y adolescentes que hicieron posible esta experiencia desde el encuentro, la participación y el afecto compartido. Porque toda transformación territorial verdadera surge cuando una comunidad se reconoce a sí misma como parte viva de un mismo espacio de cuidado y creación.