
Durante el año 2024, Nanda Yasoda asumió la dirección artística territorial en La Chimba, uno de los bordes más ásperos y tensionados de Antofagasta. No llegó como quien instala un programa ajeno, sino como quien se dispone a escuchar el pulso del lugar. Su trabajo se organizó en torno a una premisa simple y radical: levantar un modelo cultural situado, donde creación, cuidado y comunidad no son áreas separadas, sino capas simultáneas de un mismo ejercicio.
Lo que ocurre en La Chimba no es solo una agenda cultural: es un laboratorio de relaciones. Allí, Yasoda impulsó la creación de un taller de cerámicas para mujeres, un espacio donde el oficio manual se volvió también un dispositivo de reparación. No era únicamente arcilla: era un modo de devolverle espesor al tiempo, de permitir que las mujeres del territorio transformaran fragmentos de experiencia —a veces rotos, a veces silenciados— en forma, volumen y relato compartido. En este taller, la materia no se limita a ser moldeada: la materia sostiene y es sostenida, como si cada gesto dijera algo que no se había podido decir de otro modo.
Paralelamente, desarrolló talleres de mosaico que se transformaron en una plataforma accesible y digna para que las mujeres reconocieran su capacidad creativa como una expresión de agencia. En contextos donde la precarización restringe lo imaginable, el acto de cortar, unir, ordenar y construir una imagen común es un gesto profundamente político: una forma de recomponer no solo piezas, sino también horizontes.
Su trabajo se extendió hacia la programación artística del Teatro Héctor Noguera, un espacio históricamente relegado que Yasoda reactivó con una fuerza inesperada. Durante 2024 se realizaron allí 19 actividades, devolviendo presencia cultural a un territorio que durante años fue comprendido solo desde la carencia. Lo que ocurrió en ese teatro no fue una simple programación, sino la construcción de una escena: una comunidad volviendo a verse a sí misma en un espacio que, por un momento, dejó de ser un edificio periférico para convertirse en un cuerpo sensible en diálogo con su entorno.
Otro de los hitos significativos fue la conformación de un coro para niñas y niños de La Chimba, un proyecto que tocó fibras profundas del territorio. El coro abrió un espacio donde la infancia pudo habitar el arte como un derecho y no como una excepción. Su presentación en enero de 2025, durante el festival Antofa a Mil junto a AMAL, la muñeca gigante, no fue solo un debut: fue un acto simbólico. En una ciudad marcada por la desigualdad, ver a la infancia de La Chimba ocupar un escenario público de esa magnitud fue un gesto de restitución emocional y simbólica.
Desde una lectura curatorial, el trabajo de Nanda Yasoda en La Chimba constituye un ejercicio ejemplar de arte territorial. La artista no se limita a producir obra: produce condiciones para que el arte ocurra. Levanta infraestructura sensible, articula confianzas, construye dispositivos de encuentro y activa narrativas que desplazan la mirada desde lo deficitario hacia lo potencial. Su práctica no busca imponer una estética, sino habilitar formas de existencia relacional donde la comunidad pueda pensarse fuera de los marcos del despojo.
Este trabajo afirma una premisa que atraviesa su investigación: el arte no es un objeto, sino una relación. Una relación que transforma el lugar donde se encarna, pero que también se deja transformar por él. En La Chimba, esa relación se volvió palpable: entre la artista, la comunidad, la materia y el territorio se produjo algo más que programación cultural. Se produjo una forma de pertenencia, un modo de estar juntos, una posibilidad.
Allí reside su fuerza: en comprender que el arte territorial no es una intervención, sino una conversación larga; no es una solución, sino una escucha profunda; no es la llegada de un proyecto, sino la apertura de una relación que continúa, incluso cuando no se la ve.