
En los últimos años, gran parte de las discusiones sobre arte contemporáneo latinoamericano han insistido en la necesidad de descentralizar los relatos culturales tradicionales. Sin embargo, todavía son escasas las experiencias que logran proyectar prácticas desarrolladas desde territorios periféricos hacia circuitos internacionales sin perder la relación profunda con el lugar desde donde emergen. En ese contexto, la participación de Nanda Yasoda en la programación cultural 2026 de la Asociación Pablo Neruda Siglo XXI, en Besançon, Francia, constituye una instancia particularmente significativa para la proyección cultural de la Región de Antofagasta.
La invitación contempla una serie de actividades públicas —charlas, talleres y mediaciones culturales— desarrolladas entre el 1 y el 15 de julio de 2026, integrando oficialmente a la artista dentro de un programa de intercambio cultural orientado al diálogo entre América Latina y Europa. Sin embargo, más allá del valor institucional de esta participación, lo relevante parece situarse en otro lugar: en la posibilidad de trasladar hacia Europa una práctica artística construida desde el desierto, desde la fragmentación material y desde las complejidades culturales del norte de Chile.

La obra desarrollada por Nanda Yasoda durante la última década ha construido una relación persistente entre territorio, memoria y materialidad. Sus proyectos han transitado entre muralismo, mosaico contemporáneo, instalación y procesos colaborativos vinculados a comunidades, instituciones culturales y espacios patrimoniales. En ese recorrido, el mosaico deja de funcionar como un procedimiento ornamental para transformarse en una estructura conceptual: una manera de pensar el cuerpo, la ruina, la reparación y las huellas del paisaje extractivo.
Existe en su trabajo una insistencia sobre la superficie como lugar de acumulación histórica. Las piezas cerámicas fragmentadas, los volúmenes irregulares y las composiciones matéricas operan muchas veces como metáforas visuales de un territorio tensionado por la minería, el abandono industrial y la transformación permanente del paisaje nortino. Esa dimensión aparece con fuerza en proyectos desarrollados en Antofagasta y espacios patrimoniales como las Ruinas de Huanchaca, donde la obra establece un diálogo directo entre memoria industrial y sensibilidad contemporánea.
Pero quizás uno de los aspectos más interesantes de esta proyección internacional sea precisamente el modo en que desplaza la idea tradicional de representación cultural. No se trata simplemente de “mostrar arte chileno” en Europa. Lo que viaja es una sensibilidad territorial específica: una experiencia visual marcada por la aridez, el desgaste material y las formas de habitar el desierto.

En ese sentido, la participación en Francia permite pensar también en las nuevas formas de circulación del arte contemporáneo producido fuera de los grandes centros culturales. Durante décadas, gran parte de la legitimación artística latinoamericana dependió de circuitos institucionales concentrados en capitales culturales específicas. Hoy, en cambio, comienzan a emerger otras trayectorias posibles, donde artistas vinculados a territorios periféricos desarrollan lenguajes propios capaces de dialogar internacionalmente sin desarraigarse completamente de sus contextos.
La propuesta presentada en Besançon incorpora además una dimensión pedagógica y comunitaria. Las actividades programadas incluyen instancias de mediación cultural y talleres abiertos, orientados al intercambio de experiencias y a la reflexión colectiva sobre arte contemporáneo latinoamericano. Esa dimensión resulta coherente con una práctica que históricamente ha entendido el arte no solo como producción de objetos, sino también como generación de vínculos, encuentros y procesos de participación cultural.
A esto se suma una acción de retorno territorial contemplada posteriormente en Antofagasta, destinada a compartir públicamente la experiencia desarrollada en Francia. El gesto no es menor. En tiempos donde muchas veces la internacionalización aparece asociada a procesos de desconexión con los territorios de origen, esta propuesta insiste en la necesidad de reactivar localmente aquello que ocurre en el exterior.

Tal vez ahí radique la dimensión más potente de esta experiencia: comprender que el arte contemporáneo producido desde el norte de Chile no necesita desprenderse de su territorio para ingresar a conversaciones globales. Por el contrario, es precisamente en la singularidad de sus materiales, memorias y paisajes donde encuentra su capacidad de resonancia internacional.
Desde el desierto de Atacama hacia Francia, la obra de Nanda Yasoda desplaza fragmentos de territorio, capas de memoria y experiencias materiales que continúan expandiendo las posibilidades del arte contemporáneo latinoamericano más allá de sus geografías tradicionales.
Agradecimientos
Este intercambio y programación cultural internacional en Francia fueron posibles gracias al patrocinio del Gobierno Regional de Antofagasta y al apoyo de las consejeras y consejeros regionales, junto al Gobernador Regional, quienes hicieron posible, mediante el proyecto AD-003-2026 “Representación artística de la Región de Antofagasta en programación cultural internacional – Francia 2026”, que una práctica artística nacida en el desierto de Atacama pueda proyectarse hacia nuevos territorios de diálogo e intercambio cultural.
Más allá del respaldo institucional, este apoyo representa también una señal de confianza hacia el arte y la cultura como espacios capaces de construir comunidad, memoria y representación territorial. Agradecemos profundamente haber creído en la importancia de visibilizar, desde la Región de Antofagasta hacia el mundo, las experiencias, imaginarios y sensibilidades que emergen desde nuestro territorio.