Viaje Fantástico

En Viaje Fantástico, el imaginario del artista cubano Roberto Fabelo encuentra una nueva corporeidad en el lenguaje del mosaico. La obra presenta una escena de encuentro entre una figura humana alada y un gallo de presencia monumental. Ambos se sitúan frente a frente sobre una pequeña plataforma circular, como si compartieran un escenario ritual donde el tiempo parece detenerse. La escena no describe una acción; propone una suspensión, un instante donde dos naturalezas se reconocen.

La figura humana, coronada por la cresta roja del gallo y provista de alas oscuras, habita un territorio ambiguo entre lo animal y lo humano. En ese cruce aparece uno de los núcleos simbólicos de la obra: la disolución de las fronteras entre especie, identidad y representación. El gallo, tradicionalmente asociado al orgullo, la vigilancia y el dominio territorial, se convierte aquí en una presencia arquetípica, una encarnación del instinto. Frente a él, la figura híbrida parece sostener un gesto de reconocimiento más que de enfrentamiento. La mano que toca el pecho del animal no intenta dominarlo; busca comprenderlo.

La traducción de la imagen al mosaico introduce una dimensión fundamental en la lectura de la obra. La superficie se construye a partir de cientos de fragmentos de cerámica y vidrio, pequeñas unidades que, al reunirse, generan una imagen de gran intensidad material. El mosaico, técnica asociada históricamente a la permanencia de la imagen, transforma el dibujo en una estructura de tiempo sedimentado. Cada tesela funciona como un vestigio, como una partícula de memoria que contribuye a la aparición de la figura.

Esta fragmentación no es únicamente técnica; es también conceptual. La identidad que la obra propone —esa figura humana que porta rasgos animales— se construye del mismo modo: a partir de piezas, capas y memorias que se ensamblan en una superficie común. El mosaico se convierte así en una metáfora de la condición humana, una arquitectura de fragmentos que busca recomponerse constantemente.

En la adaptación dirigida por Nanda Yasoda y ejecutada junto al mosaiquista Gonzalo San Martín, el diseño original de Fabelo se desplaza hacia un territorio donde la imagen adquiere peso físico, textura y duración. El mosaico no reproduce el dibujo: lo traduce. En ese proceso, la obra adquiere una nueva intensidad, una vibración material que invita a una contemplación lenta, casi arqueológica.

Viaje Fantástico propone finalmente una pregunta silenciosa. Frente al animal que nos observa, frente a esa criatura que parece custodiar un saber anterior al lenguaje, aparece la sospecha de que aquello que llamamos naturaleza no está fuera de nosotros. Tal vez el encuentro que la obra representa no ocurre entre dos seres distintos, sino dentro de un mismo cuerpo que intenta reconocerse.