Identidad

Texto curatorial

Identidad nace desde una pregunta que Nanda Yasoda se formula desde el cuerpo y desde el lugar que habita:
¿qué significa vivir en el desierto más árido del mundo?,
¿qué significa habitar un territorio multicultural, extractivista, clasista, donde gran parte de la vida parece quedar subordinada a la lógica económica?

Desde esta pregunta se construye una acción situada que es también un ritual. Un acto colectivo donde los cuerpos se reúnen para tocar la tierra, mirarse, reconocerse y exponerse a las fuerzas del territorio. La performance no se plantea como representación, sino como experiencia física, simbólica y comunitaria: un gesto para atravesar la contradicción, para sostener la pregunta en el cuerpo y compartirla con otros. El ritual no busca sanar ni cerrar, sino poner en tensión, insistir, volver visible aquello que normalmente se esconde.

La acción ocurre al atardecer, en una explanada del desierto cercana a la comunidad GEN. No es un fondo escénico: es un terreno intervenido. Para la performance se utilizan dos pinturas: una hecha con tierra natural del desierto y otra con pigmento de tierra artificial. Ambas son aplicadas sobre los cuerpos como un gesto directo sobre la tensión entre lo que proviene del territorio y lo que es producido industrialmente. En medio de esa dureza, Nanda busca el atardecer: una luz mínima, frágil, que vuelve al desierto un cuerpo contradictorio, herido y, al mismo tiempo, vivo.

En este proceso, la artista comparte esta inquietud con Dagmara Wiskiel, directora de SACO, no como una validación externa, sino como un gesto de conversación situada: una idea que circula, que se tensiona y se piensa en voz alta desde el propio territorio, desde una práctica curatorial que también ha insistido en leer el desierto no como paisaje, sino como campo político, histórico y sensible.

La pintura no funciona como adorno. Opera como lenguaje. La tierra se vuelve piel. El cuerpo se vuelve superficie de inscripción. La performance se construye desde esa contradicción permanente entre belleza y devastación, entre contemplación y desgaste.

En ese tránsito, Nanda comparte la pregunta con su amiga Arlet Ibarra, actriz, directora y fundadora de la Compañía de Teatro La Favorecedora. Desde su sensibilidad escénica y su experiencia en el trabajo con el cuerpo y el territorio, Arlet no solo acompaña el proceso: lo activa, lo dirige y lo expande desde la acción. Desde ese cruce entre amistad y práctica teatral, la inquietud se vuelve impulso, y el impulso, gesto.

La acción se transforma así en un territorio multicultural, donde convergen artistas participantes de la Bienal SACO y actores formados en la Universidad de Antofagasta. Cuerpos distintos, trayectorias distintas, expuestos a una misma pregunta: sentirse parte o no sentirse parte.

En el centro de la acción hay un lienzo extendido en el suelo con la palabra IDENTIDAD. La performance no ocurre alrededor: ocurre sobre él. Se camina, se mira, se reconoce, se roza. Al final, cada participante extrae una letra.
Nueve letras. Nueve cuerpos. Nueve fragmentos.

La palabra se rompe.
La identidad se reparte.
Deja de ser unidad para volverse experiencia compartida, incompleta, desplazada.

Identidad no busca representar el desierto.
Lo devuelve como experiencia.
Como herida.
Como luz mínima.

No responde.
Insiste.

En ese mismo cauce aparece Jorge Donoso, amigo profundo de la artista y testigo de su deriva creativa. Jorge asume el desafío de traducir la acción efímera en una videoperformance que no busca documentar, sino perpetuar un instante irrepetible, conservar la vibración sensible de un momento que, por naturaleza, estaba destinado a desaparecer. Su mirada no captura: interpreta. No registra: rescribe el tiempo. En este gesto de expansión de la mirada, Jorge invita a Rodrigo Vargas a sumarse al registro, quien accede con total voluntad, sumando otra sensibilidad técnica y afectiva a la construcción de esta memoria visual compartida.

Así, la creación de Nanda Yasoda, Arlet Ibarra y Jorge Donoso se articula como una operación colectiva donde lo performático se desplaza del territorio del espectáculo hacia el campo del dispositivo crítico y afectivo. Identidad se configura como una plataforma de cruce entre cuerpos, biografías y trayectorias transnacionales, donde la escena deja de ser representación para transformarse en espacio de fricción política, sensible y existencial.

En esta acción convergen Julio Urbina (artista, Perú), Amily Galhand (artista, Inglaterra), Leopoldo Lobos (actor, Chile), Fabián Álvarez (actor, Chile), Diego Sánchez (actor, Chile), Jan van Oordt (artista, Suiza) y Christian Lanza (artista, Bolivia). Sus cuerpos no operan como ilustración ni como ornamento escénico: funcionan como sensores políticos del territorio, superficies donde se inscriben desplazamientos, pertenencias, extranjerías, memorias locales y tensiones identitarias. La obra se construye así desde una cartografía viva de procedencias, que expone el territorio no como una unidad homogénea, sino como un campo atravesado por flujos globales, migraciones y arraigos.

En el recorrido vital de esta performance, Amily Galhand se suma desde el origen afectivo del proyecto: es la primera artista internacional que se suma el mismo día de su llegada a Antofagasta, justo en la casa de su amiga Arlet Ibarra. Poco después, Nanda conoce a Jan van Oordt, artista residente de la residencia SACO, y luego a Julio Urbina, también artista residente, quienes se suman de inmediato al pulso de la idea. La obra crece así desde el encuentro, desde la coincidencia, desde una confianza que no requiere mapas previos.

El día mismo de la performance se suma Christian Lanza, artista Boliviano que había llegado a Chile apenas un día antes, invitado a la Bienal de Arte Contemporáneo y compañero de cuarto de Julio. Al recibir la invitación, responde sin dudar: “Por supuesto que voy”. Su incorporación espontánea vuelve aún más visible la naturaleza viva, abierta e impredecible de Identidad.

Los actores Diego Sánchez, Fabián Álvarez y Leopoldo Lobos (Polo) son invitados por Arlet Ibarra. Todos ellos egresados de la Universidad de Antofagasta, desde la Escuela de Artes Escénicas, aportan desde la escena una corporalidad entrenada en el lenguaje teatral, que tensiona y amplifica la dimensión performática de la obra. Son tres actores que Nanda nunca va a olvidar: por su voluntad, por su entusiasmo genuino, por esa entrega luminosa que pocas veces se ve. Jóvenes, pero profundamente lúcidos, se instalaron en la escena no solo como intérpretes, sino como presencias humanas de una belleza ética y sensible que queda inscrita en la memoria de Identidad.

Así, Identidad no se construye desde una convocatoria formal, sino desde una trama de encuentros, amistades, desplazamientos y voluntades compartidas, donde lo local y lo internacional se entrelazan en un mismo gesto sensible y político.

La composición sonora de Daniel Aguilera junto a Adams Ganchala no acompaña la acción: la interrumpe, la desestabiliza, la atraviesa. El sonido emerge como una capa de territorialidad expandida que activa una escucha crítica, desplazando al espectador de su posición pasiva e inscribiéndolo dentro del conflicto sensible de la escena. La dimensión sonora se vuelve, así, una extensión política del cuerpo y del paisaje.

Pero esta arquitectura sonora no nace desde una estructura institucional, sino desde el azar afectivo y la lealtad creativa. Después de grabar Identidad, Nanda se cruza un día con Adams Ganchala caminando por el mall. Es un encuentro casual, de pasillo, de tránsito cotidiano. Nanda lo nombra desde siempre como un guardián de sus ideas más locas, alguien que acompaña incluso esos procesos que parecen absurdos, improductivos o imposibles. Allí mismo, entre vitrinas y ruido comercial, Adams se entera del proyecto y le dice sin dudar: “Grabemos la música”. No hay producción, no hay contrato: hay confianza.

A ese gesto se suma Daniel Aguilera, otro amigo de Nanda, de esos que —como ella misma dice— simplemente van a todas. Son amigos desde hace más de veinte años, compañeros de derivas, de conversaciones largas, de proyectos que a veces existen solo como promesas. Comparten incluso un podcast que aún no ve la luz, como tantas ideas que se incuban en la amistad. Nanda lo dice sin rodeos: admira profundamente a Daniel y confía en él de manera absoluta. Y es él quien pone a disposición su estudio de música para grabar Identidad, transformando un espacio íntimo en un territorio de inscripción política y sonora.

Así, el sonido de Identidad no se produce como un “encargo”, sino como un acto de lealtad, de amistad y de riesgo compartido. Una operación donde la creación no se separa de la vida, y donde la política del arte se ejerce también desde la complicidad, la escucha y la entrega mutua.

Identidad se construye desde esta trama de presencias locales e internacionales como una obra que cuestiona las nociones fijas de pertenencia, evidenciando que toda identidad es una negociación permanente entre territorio, memoria, cuerpo y desplazamiento.

Identidad no busca afirmar un origen ni celebrar una pertenencia cerrada. Por el contrario, expone la identidad como un campo en disputa, atravesado por economías del olvido, políticas de la visibilidad y estrategias de supervivencia simbólica. El desierto, en este contexto, no es vacío: es acumulación de huellas, restos, memorias y proyecciones.

Esta obra se inscribe dentro de una práctica artística que comprende lo territorial no como paisaje, sino como una estructura de poder, afecto y memoria. Identidad no responde quiénes somos: tensiona la pregunta y la devuelve al cuerpo social.

Agradecemos profundamente a todas las instituciones que, desde distintos gestos y escalas, sostienen la posibilidad de que el arte contemporáneo exista en Antofagasta: la Bienal SACO, la Compañía de Teatro La Favorecedora, Cerámicas Yasoda, la Productora Mar Andino, Teatro 88 y el Centro Cultural Kamanchacos.

Gracias por insistir en un territorio donde crear no siempre es fácil, por sostener procesos más que resultados, y por comprender que el arte no solo ocurre en las obras, sino en las relaciones, en la hospitalidad y en la posibilidad de encuentro. En este desierto, donde todo parece exigir dureza, su trabajo permite que la sensibilidad permanezca, que la pregunta circule y que el arte siga siendo una forma de estar juntos y de pensar el lugar que habitamos.

Te invitamos a ver Identidad, una performance que cruza cuerpo, territorio y pregunta.
Si esta obra te mueve, te interpela o te deja pensando, nos encantaría leerte.
Puedes escribirnos a: contacto@nandayasoda.cl

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